Crónica de dos vendedores en la Séptima de Bogotá.

$ 230.000 de alivio y dignidad.

Por: Jhonwi Hurtado

Fotos: Gabriela Durán

La Séptima despierta antes que el sol. Tiene ese murmullo áspero de los lugares que nunca terminan de dormir: el roce de los pasos tempranos, el silbido ligero del viento que baja por los cerros, las puertas metálicas que se deslizan como gargantas que carraspean para volver a empezar. La gente que va y viene. Gente que pocas veces para. Después de las 10 de la mañana, cuando las vitrinas ya exponen sus productos y los andenes son lugar de trabajo para algunos, ya están ellos dos armando la escena diaria de su oficio: Don Cristóbal y Don Wilfrido, veteranos de la calle y de la paciencia. Ambos reciben $150.000 mensuales por parte del Gobierno nacional a través del programa Colombia Mayor que pronto pasará a llamarse Pilar Solidario.

Don Cristóbal

El primero en aparecer casi siempre es Don Cristóbal, se pone su boina, amarra su chaqueta y extiende billetes y monedas antiguas en una mesa. Don Cristóbal tiene más de ochenta años, pero anda con la dignidad de quien aprendió a envejecer trabajando. A su alrededor, la ciudad parece avanzar más rápido de lo que él camina, pero aún así es él quien impone el ritmo: lento, firme, sin afán. Extiende su plástico sobre la mesa, acomoda los billetes y monedas con el cuidado de quien ordena recuerdos, y apenas levanta la vista cuando alguien lo saluda porque, a esa hora, la Séptima es un viejo amigo que también está desperezándose.

Le extiendo mi mano y él no extiende la suya. Me presento y él me dice su nombre. “Cristóbal Cerón, mucho gusto”.

Don Cristóbal nació en la Unión, Nariño, dice que salió de su pueblo por la pobreza. “Estoy de vendedor ambulante desde 1973, acá he vendido de todo: gafas, herramienta, de todo. Ahora llevo ya años con esto de los billetes y de las monedas”. Señala mientras se acomoda su boina y le pide un tinto a una señora que pasa por nuestro frente.

Cada día Don Cristóbal viaja desde la localidad de Fontibón hasta su lugar de trabajo: la séptima. “A mí se me complicaría mucho todo si no tuviera esa pensión de $150.000, porque con eso yo me pago los pasajes, y acá me toca almorzar todos los días. Yo no pago arriendo porque vivo en la casa de mi hija, ella es administradora de empresas, gracias a las ventas ambulantes yo le pude pagar el estudio”.

Por eso, cuando habla del posible aumento del bono pensional —de $150.000 a $230.000— no lo hace con grandilocuencia, sino con esa calma que solo tienen quienes han aprendido a estirar el dinero hasta donde da. “Eso me ayudaría mucho, imagínese, si me sirven 150, que suba casi 100 mil pesos más, eso es mucha ayuda, ya es hora de que no nos mientan a nosotros los vendedores, a nosotros los adultos mayores”, señala, casi como si fuera un comentario suelto, pero en su voz hay un alivio que se impregna. No es que esos $80.000 resuelvan la vida, pero sí le han permitido a Don Cristóbal moverse con menos sobresaltos: cubrir los pasajes sin hacer cuentas con miedo, almorzar sin tener que buscar siempre la opción más barata, llegar a casa sin cargar la preocupación de si mañana alcanzará. A eso se le llama dignidad.

Don Wilfrido

Y quizás por eso mismo, el aumento no se siente como un lujo, sino como un reconocimiento silencioso a tantos años de trabajo callejero, a tantos amaneceres sobre la Séptima acomodando billetes que, aunque antiguos, todavía valen una historia. Para él, esos $230.000 serán una especie de respiro mensual, una forma de sostener su rutina sin depender tanto de la venta incierta del día. “Con eso yo me defiendo mejor”, dice mientras vuelve a ajustar la boina, como si ese gesto fuera también una manera de afirmar que, aun en la vejez, la dignidad también necesita un pequeño empujón.

Para despedirse, esta vez sí me extiende la mano: “bueno caballero, lo dejo que tengo que seguir trabajando”.

Más arriba, dos cuadras después del Museo Nacional, frente a un semáforo que dura demasiado poco para el descanso, se encuentra Don Wilfrido. Sobrepasa los setenta, pero su energía es la de alguien que no tiene tiempo para detenerse a preguntarse por la edad. Sus canas cubren la cabeza, canas que son el resultado de un viajero, de un hombre que salió de Valledupar, su pueblo natal, para alejarse de ciertas experiencias que la bohemia le acomodó a su antojo. Don Wilfrido organiza su puesto con la precisión de un ritual aprendido hace décadas: las candelas y demás utensilios. Mira de reojo a los transeúntes como si pudiera adivinar cuál de ellos va a necesitar algo de su puesto o del de un amigo que le dejó cuidando mientras iba a comprar algo.

El ruido empieza a crecer: motos impacientes, pregones que se cruzan sin escucharse, el trajín de ejecutivos y estudiantes que pasan como ráfagas. La Séptima es un río humano que arrastra todo, menos a ellos. Los vendedores ambulantes son parte del paisaje, sí, pero también son parte del pulso que sostiene la ciudad. Y entre todos, Don Cristóbal y Don Wilfrido parecen custodios de una memoria que Bogotá prefiere no mirar directamente, pero que respira ahí, cada día, sin falta.

Este hombre que para muchos pasa desapercibido, trabajó como operador de cine en Valledupar, trabajaba para Cine Colombia durante 15 años. “Mi juventud fue muy bonita, para todo: trabajo, fiestas, amigos, novias, vallenatos”. Con los pocos dientes que aun conserva, don Wilfrido sonríe cuando menciona la palabra vallenato: “Hermano, yo hasta compuse un vallenato, yo le ponía serenata vallenata hasta a mi abuela” Dice esto, me mira, sonríe y empieza a entonar su canción:

“Se están acabando las costumbres bonitas, de Villanueva mi tierra querida, ya no se escuchan esos hombres parranderos, ya no se comen los sancochos de gallina, y si un día yo voy a Valledupar, una parranda tengo que amenizar, invito a Beto también a Pollo Arrieta, traigo a Nolberto pa´ que se ponga a tocar, invito a Beto también a Pollo Arrieta, traigo a Nolberto pa´ que se ponga a tocar, y seguirá la parranda, hasta llegá el otro día, y una mujer bien bonita, nos servirá la comida. Yo le garantizo que si el Chiche va a Valledupar, una parranda tengo que amenizar, pa´ que vean cómo se atiende un amigo, pa´ que vean cómo se atiende Chiche Peñalbert Maestre”

Mientras don Wilfrido cantaba, los transeúntes por segundos se quedaban a escucharlo, canta bien, pienso y lo imagino en el mar, rodeado de una parranda vallenata.

“Yo tuve algo de dinero, pero no lo supe administrar, también es que tenía una vida algo desordenada. Ahora llevo 8 años vendiendo acá en la calle, pero me siento más tranquilo que antes y esa tranquilidad también llegó desde que empecé a recibir los $150.000, eso me ha ayudado mucho, es una parte importante para mi arriendo, yo eso no lo toco, está destinado al arriendo”.

Alguien se acerca y le compra una candela en $8.000, se retira y don Wilfrido retoma la palabra: “Hermano vea, ahora que lleguen esos $230.000 va a ser mucho mejor, me va a rendir más, es que vea, la gente también habla mucho del gobierno, pero yo he visto que Petro ha ayudado mucho, recibió el bono en $75.000 y vea ya donde va y aún así hablan del hombre, no lo dejan gobernar”. Mira el reloj, me sonríe como para darme a entender que ya es hora de almuerzo. Me dice que vuelva cuando quiera, que él siempre está en ese lugar de lunes a viernes.

La historia de estos dos adultos mayores, que, aunque se encuentren cerca no se conocen, habla de esa Colombia que mucho se ha ignorado, esa Colombia que guarda la memoria, el Pilar Solidario ha llegado a ellos para aportar ese granito de arena que sirva para que esas preocupaciones diarias se reduzcan un poco. Ellos hablan de su bono pensional —ese alivio de 150 mil pesos que toca recibir con agradecimiento y con la certeza de que no alcanza— como quien menciona un respiro que dura lo justo para no ahogarse. Pero no lo dicen con lamento. Lo dicen con ese humor práctico de los viejos que han visto demasiado como para engañarse. Por eso ambos coinciden en que el aumento será un buen regalo de navidad.

Ahí seguirán ellos día a día, en esa Séptima que lo ve todo y lo escucha todo. Dos hombres mayores que, a pesar del cansancio, de la rutina y de los años encima, siguen escribiendo su historia con cada amanecer.

Y mientras el país sigue moviéndose entre debates, reformas y promesas que a veces suenan lejanas, ellos permanecen ahí, firmes, aferrados a la calle que les ha dado oficio y abrigo. La Séptima los conoce por nombre, por pasos y por silencios. Tal vez eso explica por qué, aunque la vida les haya sido dura, aún sonríen con una mezcla de terquedad y esperanza: porque saben que, incluso en medio del ruido y la prisa, lo cotidiano también es resistencia. Y en esa resistencia, un aumento al bono pensional no es solo plata: es un gesto mínimo pero necesario para quienes, como Don Cristóbal y Don Wilfrido, llevan toda la vida sosteniendo la ciudad sin que la ciudad siempre lo note.

Tanto don Cristóbal como don Wilfrido, recibirán el aumento durante la transferencia del ciclo 12 que se entregará desde el 23 de diciembre hasta el 13 de enero, por parte del Departamento para la Prosperidad Social.

Quienes aun no se han inscrito, están a tiempo, pueden acercarse a las oficinas regionales y allí se podrá realizar su inscripción. Vamos rumbo al Pilar Solidario.

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